A pesar del retrato cada vez más preciso que se le está haciendo a la naturaleza humana en relación directa con el avance de la sociedad, hay parte de nosotros que se niega a definirse del todo. El erotismo sigue siendo el punto de partida de muchas incógnitas para psicólogos y sociólogos.
La sexualidad ha pasado de ser demonizada de manera determinante por el cristianismo a una emancipación que tiene como consecuencia la "banalización del acto sexual", convirtiéndolo en "un deporte o pasatiempo, un quehacer compartido". Hace poco, Vargas Llosa lamentaba con amarga nostalgia la perdida del erotismo que "convierte el acto sexual en obra de arte... negación misma de ese sexo fácil, expeditivo y promiscuo en el que paradójicamente a desembocado la libertad conquistada por las nuevas generaciones."
Erich Fromm en "El Arte de Amar" matiza: "La situación en lo que atañe al amor corresponde, inevitablemente, al carácter social del hombre moderno. Una de las expresiones más significativas del amor, y en especial del matrimonio con esa estructura enajenada, es la idea del «equipo».Tal descripción no difiere demasiado de la idea de un empleado que trabaja sin inconvenientes; debe ser «razonablemente independiente», cooperativo, tolerante, y al mismo tiempo ambicioso y agresivo. Ese tipo de relaciones no significa otra cosa que una relación bien aceitada entre dos personas que siguen siendo extrañas toda su vida, que nunca logran una «relación central», sino que se tratan con cortesía y se esfuerzan por hacer que el otro se sienta mejor."
En una sociedad en la que las relaciones interpersonales están determinadas por el individualismo, donde la competencia despiadada está justificada y aceptada, estamos sedientos de afecto. Y es esta sed la que nos salva de una alienación definitiva. Afortunadamente seguimos deseando la emoción, lo erótico, como el mejor de los refugios, aunque muchas veces titubeemos en su búsqueda...
En una sociedad en la que las relaciones interpersonales están determinadas por el individualismo, donde la competencia despiadada está justificada y aceptada, estamos sedientos de afecto. Y es esta sed la que nos salva de una alienación definitiva. Afortunadamente seguimos deseando la emoción, lo erótico, como el mejor de los refugios, aunque muchas veces titubeemos en su búsqueda...